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18/10/10

Psicobiología de la muerte

Yo creo que la muerte es un proceso natural que siempre ha interesado e inquietado al hombre en mayor o menor medida desde que desarrolló la conciencia o capacidad para darse cuenta de tal fenómeno. Y lógicamente, la natural curiosidad conduce a la necesidad de explicación. Las primeras explicaciones eran sobrenaturales porque obviamente no podían ser científicas. De ellas se encargan la religión y el esoterismo, y aunque en la Antigüedad la Scientia «tenía una significación más amplia y se refería principalmente a un saber esotérico que decía ser un conocimiento más profundo y elevado de todas las cosas» (cita de la Wikipedia), la moderna guía del método científico supuso la ruptura con la magia y el misticismo y la separación entre el conocimiento científico y otras formas de conocimiento.
En torno a la muerte giran todas las culturas y organizaciones sociales humanas. Así, su concepción de la muerte como fin o como tránsito, su creencia en una vida después de la muerte, en el Juicio Final... actúan como condicionantes para la actuación de los individuos en un sentido u otro. La idea de inmortalidad y la creencia en el Más allá aparecen de una forma u otra en prácticamente todas las sociedades y momentos históricos. Sin embargo, hasta ahora no existen evidencias concluyentes a favor de esa vida ultraterrena.

La segunda pregunta en surgir de la muerte humana y tal vez la más interesante es: ¿Qué ocurre a los seres humanos tras la muerte? Realmente, lo que se preguntan es qué ocurre con las facultades mentales de la persona que ha fallecido. Unos creen que se conservan gracias al espíritu que impelía a su mente, elevando su estado de conciencia a realidades aun mayores, otros creen en la migración del alma de un ser humano tras su muerte a un plano físicamente inalcanzable. La religión cristiana considera la muerte como el fin de la permanencia física del ser humano en su estado carnal, el espíritu abandona el cuerpo físico que se deteriora y que es incapaz de sostenerse bajo las leyes de este universo finito, e inmediatamente vuelve a Dios (Eclesiastes 12:7).

Las explicaciones científicas de la muerte apelan a las propiedades de la materia y las características físico-químicas y biológicas de los tejidos vivos. La incapacidad del organismo para mantener la homeostasis o equilibrio dinámico interno de todos los parámetros del sistema sería lo que produce el efecto físico que llamamos muerte. Pero más interesante que la muerte en sí, o igual de interesante pero más fascinante (al menos para mí), son los aspectos psicológicos asociados a la muerte en los animales con funciones cognitivas superiores, animales con consciencia y cultura: los seres humanos.

Como vimos el otro día, Raymond Moody fue el primero en querer abordar el tema de una manera rigurosa y sistemática, con las dificultades propias de este tipo de cuestiones. Hizo una lista de las visiones y sensaciones que reportaban pacientes que sufrieron experiencias cercanas a la muerte y plasmó sus observaciones en el libro Vida después de la vida. Las explicaciones científicas o naturales que Moody ofrece en su libro no son muy esclarecedoras que digamos, ya sea por partidismo del autor o precariedad de la ciencia de aquellos años. Enseguida veremos las teorías que maneja la moderna neurociencia al respecto.

En Falacias de la Psicología, el escéptico y controvertido Rolf Degen da un repaso de las principales características de las ECM referidas por Moody ofreciendo explicaciones alternativas. En primer lugar, estas experiencias se describen acompañadas de sensaciones de paz y felicidad, con visitas de ángeles y otros seres luminosos, pero Moody parece no tener en cuenta que históricamente, y en el período medieval muy especialmente, se han relatado experiencias de este tipo muy distintas:
Como ha señalado el historiador profesor Peter Dinzelbacher, de la universidad de Stuttgart, en la Antigüedad griega debieron existir narraciones individuales de resucitados (anabioseis) así como de descensos al mundo interior (katabaseis), aunque no ha llegado hasta nosotros ninguna de ellas. A partir de la Edad Media, por el contrario, forman género literario propio, empezando por los escritos apocalípticos y las visiones de los mártires. Esta literatura visionaria contiene descripciones de visitas al Más Allá que los no difuntos comunicaron a personas de su confianza. En los florilegios, es decir, las colecciones de vidas de los santos y otras escrituras clericales por el estilo, quedan mencionadas también esas presencias que se le aparecen al moribundo en el último trance.

En algunas ocasiones, éste es visitado por emisarios de la esfera mitológica del cristianismo, tal vez Jesús en persona, María, algún santo o un ángel. Pero aún era más frecuente la visión terrible de los diablos y demás poderes de las tinieblas. Por ejemplo, se cuenta del obispo Martín de Tours que sus últimas palabras antes de morir fueron: «¿qué me quieres aquí, bestia sanguinaria?».

Tampoco puede ocultarse que en la visión medieval, lo más frecuente es que el moribundo se vea conducido a los Infiernos, entendidos como la región del castigo eterno. Las figuras que salen al paso en esos lugares no son luminosas, sino tenebrosas, y después del retorno a la vida se toman como advertencias de lo que podría haber ocurrido, a falta del necesario arrepentimiento. Pues bien, es casi exclusivamente en los relatos medievales donde intervienen esas imágenes de la condenación. Lo cual, según Dinzelbacher, refleja el hecho de que hoy tenemos otra imagen de la divinidad, que es la del buen Dios, bastante distinto del Dios vengativo y justiciero del dies irae. Hoy la interpretación psicológica de las pasiones quita hierro a las ideas de culpabilidad y justa retribución, y sobre todo el movimiento de la Nueva Era prefiere figurarse una utópica era de armonía y progreso espiritual. Por eso predomina para el hombre moderno la creencia en un tránsito feliz.
Pero también hay que tener en cuenta otras culturas, donde los relatos que se narran no tienen nada que ver con la cultura cristiana:
Los alpinistas suizos, por ejemplo, cuyas experiencias de cercanía a la muerte publicó en 1891 el geólogo Albert Heim en el anuario Jahrbuch des Schweizer Alpenclubs, no recorrieron los Infiernos como en la Edad Media, ni atravesaron ningún túnel, sino que cayeron en un paisaje de montaña “con un cielo maravillosamente azul sembrado de nubecillas color rosa”. El indio hopi cuando muere recorre la pradera camino de los eternos cazaderos y en la India van al cielo montados sobre una vaca.
Personalmente, creo que, sin negar la universalidad de la muerte como fenómeno físico, al menos una parte de las vivencias a ella asociada pueden deberse fácilmente a cuestiones puramente culturales. Otras cuestiones, en cambio, podrían ser más bien fisiológicas, si tenemos en cuenta que pueden reproducirse artificialmente mediante el empleo de fármacos. Según el psiquiatra Karl Jensen, «la inyección intravenosa de 70 a 150 ml de ketamina puede reproducir todos los aspectos de la NDE». Por cierto, los efectos de esta sustancia son más bien desagradables, así que los médicos suelen administrarla para anestesia mezclada con otra sustancias. Además, «no existe ni una sola característica de la experiencia que no se haya obtenido también por estimulación quirúrgica de los lóbulos parietales, o mediante campos electromagnéticos débiles u otros estímulos artificiales», resume el psicólogo Persinger.

Un modelo explicativo teórico que relaciona algunas cuestiones de las ECM como la luz al final del túnel, la sensación de ser arrastrado a través de él y la visión retrospectiva de la vida, lo recoge Rolf Degen aludiendo a su colega psicóloga Susan Blackmore, y parte de la idea de hipoxia cerebral:
En las profundidades del cerebro se oculta un órgano especialmente sensible a la falta de oxígeno, el hipocampo, que es la central de conmutación de la memoria. Es el filtro que determina qué recuerdos pasarán a la conciencia y qué otros no. En las situaciones de máximo peligro para la vida, la inhibición nerviosa desaparece, como han demostrado los experimentos con ratas. En la conciencia surgen imágenes de la memoria sin impedimento alguno, y el cerebro -que siempre trata de dar un sentido a la información que recibe- convierte ese caos en una visión retrospectiva, precisamente la "película de la vida".

Si la falta de oxígeno persiste, prosigue el modelo teórico Blackmore, se origina una desinhibición nerviosa general. Con este modelo ha sido posible simular por ordenador la visión de la luz al final de un túnel. Esta visión seguramente se halla vinculada a la estructura del córtex óptico primario, el lugar donde confluyen en el cerebro las sensaciones lumínicas. «Son mucho más numerosas las células nerviosas que corresponden al centro del campo visual, y en cambio escasean sobremanera las periféricas». Pero conforme van desconectándose las neuronas inhibidoras (porque consumen más energía y oxígeno que las demás), y predominan las descargas nerviosas incontroladas, el cerebro interpreta la salva de señales procedente de las neuronas ópticas como un resplandor. «Y como en el centro de la visión hay más células nerviosas activas, se tiene la sensación de que la luz está al final de un túnel». Conforme aumentan las descargas, se amplía la parte del campo visual invadida por el resplandor, y esto es lo que produce la sensación ilusoria de estar viajando hacia la luz a toda velocidad.

En la clínica universitaria Rudolf Virchow de la universidad de Berlín se ha demostrado que es la falta de oxígeno lo que provoca las manifestaciones visuales en cuestión. Los médicos provocaron lipotimias en 42 adolescentes por el procedimiento de dar hasta 22 segundos de hiperventilación, seguidos de una presión súbita sobre la caja torácica. Así es como producen los experimentadores una hipoxia cerebral aguda. Posteriormente, los sujetos contaron visiones y representaciones de gran parecido con las de la NDE.
Recientes estudios también señalan una posible relación entre estos fenómenos y un elevado nivel de dióxido de carbono en la sangre.

Para la sensación extracorpórea, llamada en inglés out-of-body-trip, una de las figuras más míticas y prolíficas en toda la literatura pseudocientífica, Degen vuelve a aludir a su colega Blackmore ofreciendo una posible explicación en términos de psicología cognitiva:
Un síntoma que se presenta a menudo durante los ataques es que los pacientes creen verse desde fuera o se sienten como duplicados. La contemplación de la escena a vista de pájaro la explican los psicólogos cognitivos diciendo que nuestro cerebro construye en todo momento la imagen tridimensional de lo que nos rodea. La suma de esas imágenes tridimensionales es la vista a vuelo de pájaro. «Cierre los ojos y trate de imaginar a vista de pájaro el lugar en el que se encuentra ahora mismo. Le sorprenderá comprobar lo fácil que le resulta».
Otra característica señalada por Moody es el hecho de que las personas que regresan de la ECM experimentan un profundo cambio en su manera de ser, su actitud ante la vida y su manera de entender la muerte. Incluso muchos abrazan la religión. Pienso que el cambio de actitud y la motivación religiosa tienen fácilmente que ver con la propia interpretación psicológica que el paciente hace de la experiencia sufrida, lo cual también podría influir en su personalidad. No obstante, Degen nos informa de que el psicólogo Persinguer va un poco más allá:
El psicólogo Persinguer se ha planteado incluso si los cambios desencadenados por la NDE no reflejan en realidad una lesión cerebral. «La mayoría de los estímulos que se mencionan en relación con la ECM sin duda pueden ponerse en relación con una destrucción insidiosa de células cerebrales». Esa pérdida afectaría en especial las neuronas del hipocampo. Pero este centro, cuando se producen muertes celulares, presenta enseguida una modificación neuroplástica. Es decir, que las neuronas remanentes forman nuevas dendritas y sinapsis. Exteriormente, estos procesos de adaptación podrían revestir el aspecto de un cambio de personalidad.
Moody reconoce que las ECM provocadas artificialmente narran vivencias similares en algunos aspectos, pero piensa que hay más diferencias que similitudes. No obstante, recordaremos una vez más que la postura de Moody puede estar comprometida. Sea como fuere, las explicaciones neurocientíficas no cubren todos los aspectos de las ECM. Por ejemplo, no explica por qué unas experiencias son felices y otras en cambio desagradables, ni las posibles diferencias culturales o la manera exacta en que éstas influyen a nivel neurobiológico en la vivencia sufrida. En la actualidad sigue en curso la investigación a gran escala del llamado estudio AWARE del Proyecto Conciencia Humana, que involucra a 16 hospitales de Reino Unido y 9 de Estados Unidos, coordinados por un equipo de la Universidad de Southampton. Los estudios culminan en marzo de 2011. Ya queda menos.


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Las pseudociencias de la muerte
Vida después de la vida

1 comentario:

Blanca dijo...

Interesantísimo.
Felicidades y gracias por hablar de la teoría de Blackmore. Ya había oído hablar de ella.
Bsos
B.

 

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